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  • La vida después de un daño cerebral

    La vida después de un daño cerebral

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    Se despertó con un malestar la madrugada del 30 de abril. Ni siquiera el café que se tomó le ayudó a encontrarse mejor. Fue a su médico tambaleándose pero con las fuerzas suficientes como para llegar caminando. De allí le derivaron al hospital. Media hora fue la culpable que hizo que Galo Gijón, a sus 66 años, casado, con 3 hijos y 2 nietas, dejara de andar. Lo que no sabía era todo lo que iba a conseguir más adelante.
    4Galo fue diagnosticado de Polirradiculoneuropatía Aguda Sensitivo Motora Inflamatoria, una enfermedad que ataca al sistema nervioso deteriorando la mielina que recubre los nervios. Esto hace que las órdenes del cerebro no lleguen a ningún lado y paraliza por completo todo el cuerpo.  Esta patología tiene un 20% de índice de mortalidad debido, sobre todo, a afecciones en los pulmones.

    Galo tenía que enfrentarse -según los pronósticos del hospital- a aproximadamente un año de recuperación. Pero todo este tiempo se redujo a tan solo unos meses cuando acudió a la Unidad Ambulatoria de CIAN, Centro Integral de Atención Neurorehabilitadora de Alcalá de Henares donde a los 2 meses Galo Gijón ya podía hasta correr.

    Llegó a CIAN en silla de ruedas pesando 54kg, había perdido toda su masa muscular. El pronóstico de ocho meses se infringió en ese mismo momento, ya que, a los pocos días de la llegada, Galo tuvo que levantarse de la silla y de allí, al andador con el que estuvo 4 días porque le esperaba algo que le llevaría a lo más alto: las escaleras, las cuales terminaría subiéndolas de dos en dos. Tras 3 horas diarias de rehabilitación en CIAN, nadaba en la piscina.

    Galo entró con su mayor miedo: quedarse completamente paralizado y dependiente, y a día de hoy ese miedo ha desaparecido. Una pesadilla fue la desencadenante que transformó el miedo en la motivación en la que se sumergió; soñó que unos alambres que ataban las piernas a las patas de la cama y que no podía retirárselas. Ese sueño le dio a Galo las fuerzas suficientes para saber que conseguiría ponerse de pie.

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    Eva y Paula fueron sus terapeutas ocupacionales que le ofrecían ejercicios orientados a facilitarle su día a día la vida real; ponerse los zapatos, meterse en la bañera, preparar un zumo, bajarse de la cama… Al cabo de 15 días, no necesitaría a nadie que tuviera que hacer esto junto a él. Conducir, montar en bicicleta, limpiar el estanque de su casa, son aquellos hobbies diarios que se tornaron en dificultades y que, casi sin preverlo, volvieron a formar parte de él.

    Paloma y Álvaro le ayudaron desde la Fisioterapia a recuperar la fuerza física, el equilibrio, la estabilidad, el control de la postura y con ellos la seguridad. El baloncesto y las “boberías” fueron otro de los compuestos en esta receta de recuperación.

    La humanidad de las personas trabajadoras de CIAN son las que aportan la energía, el cariño, la atención, las ganas y la superación de uno mismo. Una visión diferente de la profesión que pertenece- de alguna manera- al individuo, siendo sus piernas, su corazón y sus manos. Galo, nos cuenta el ejemplo de uno de sus compañeros que tocaba la guitarra, pero la parálisis en la mano que sufrió le alejó de esta afición. Una de las profesionales del centro -que también sabe tocar la guitarra- se convirtió en sus manos sosteniéndole el mástil cada vez que el usuario quiere disfrutar de sus notas.

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    “Empiezas con los problemas de movilidad y acabas jugando al ping-pong, al bádminton, etc.” Ahora, dado de alta, Galo Gijón sigue cuidándose, realiza al día una hora de Pilates y una hora de máquinas aeróbicas, ha mejorado su alimentación y se encuentra mejor que nunca. Cada día amanece con el objetivo de continuar así de bien, de estar con su familia, ese pilar en su rehabilitación que ha estado siempre a su lado. Y por supuesto, con el gusto de poder ver cómo crecen sus nietas.

    “Muchos dicen que ahora que ya ha pasado todo hay que olvidarlo. Pero yo creo que no. Esto no hay que olvidarlo nunca.”

     

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